Pesadilla.




La anhelaba, en verdad, la deseaba tanto.
Se sentó en el sillón como de costumbre, y miró hacia afuera.
Llovía estrepitosamente.
Su mente estaba invadida de muchos pensamientos que aún no podía ordenar, y menos aún darles algún sentido para la situación que ocurrió. Era un caos total, similar al caos que inicialmente dio vida al mundo que conocemos hoy...
De un momento a otro, su mente quedó en blanco, y sus ojos quedaron fijos mirando la ventana, mientras oía inconscientemente como las gotas de la lluvia caían bruscamente en el techo, sin poder interferir en aquél trance. 
Y fue cuando comenzó a recordar...

Aquella tarde, la primera tarde de otoño, era el hombre más feliz que pisaba la Tierra. Se sentía en plenitud, conforme consigo mismo, y estaba en busca de más cosas que lo motivaran a seguir con esa estabilidad sentimental que tenía.
Sí, que tenía, ahora ya no la posee.
Ahora es todo lo contrario.

Su mundo en el cuál, era tan feliz... se derrumbaba.
Y los sueños que tenía con aquél ser, se quebraban... en varios trozos, en los cuáles todavía notaba algo de la esencia de ellos, pero que se desvanecían de a poco, como quién a tonta y a ciegas, sopla una vela y no se apaga.

Y esos trozos, son los que él no podía organizar nuevamente, ya no les encontraba un significado. Ese ser, ya no estaba consigo.
Se sintió vacío, en un abismo en el cuál recién estaba consciente que estaba en él. 
Pero lo peor de todo, es que ya no le quedaba nadie cerca, nadie con quién poder desahogar el dolor.
Estaba solo, él, era su única compañía, y siempre lo ha sido.

Pero el hecho de no tener un rostro diferente que contemplar, una risa diferente que escuchar, unos ojos expectantes llenos de vitalidad, y una voz tan cálida y tranquilizante como un arrullo de mamá; ese hecho, esa ausencia, lo desconcertaba.

El sentimiento comenzó a dominarle, hasta que sus ojos, que fijos habían quedado, dieron inicio a una humedad muy típica que emanan los seres humanos. Ese líquido tan doloroso, que cuesta que salga, pero que apenas da rienda suelta una gota, corren y corren las que vienen atrás.
De hecho, sintió que las lágrimas que recorrían ansiosas el mundo de su rostro, eran tan fuertes e intensas como las gotas de lluvia que caían en el techo de su casa. 
Fue cuando retomó la consciencia, y comenzó a hablar con ella.

-"¿Qué te pasó, eh? Todo iba excelente, ¿Qué hiciste?" - Dijo ella, sin menor reacción frente a todas esas lágrimas.

-Yo... ¡Yo no hice nada!- 

-"¿No habrá sido ese tu error? De que podías haber hecho algo, podías, pero elegiste lo contrario"-

-¿Cuál es la idea de esto? ¿Torturarme? Ya no lo hice, es tarde...-

- "Yo no te torturo, tú lo haces solo. Tú mismo quieres estar consciente de las cosas que haces y dejas de realizar. Pero no le quieres prestar responsabilidad cuando alguna de ellas lo necesita. ¿Es esa en verdad la persona que eres?" -

- No me correspondía hacer algo, ella se había ido de mi lado, pero después se fue para siempre. ¿Qué podía hacer? -

- "Quizás dejar que no se fuera por una idiotez, sólo la dejaste hacer lo que quisiese, sin que te importaran las palabras que ella te gritaba y que tú ignorabas... Quizás si ese mismo día la hubieses tomado del brazo y en vez de querer gritarle, le hubieses besado, ella aún estaría aquí" -

- La extraño, la quiero devuelta aquí conmigo... quiero despertar con ella otra vez, admirar su pelo ondulado, su esencia cada vez que sonreía, quiero volver a oír su voz, con ese énfasis profundo con el que me decía que me amaba...
Pero ya no está. -

Sus lágrimas comenzaron a rodar nuevamente por su cara, la lluvia de a poco cesaba, pero él, llegaba a gritar de tristeza.
Luego, despertó.

Estaba en su cama, en posición fetal, era un domingo de invierno nublado.
El televisor daba un programa que ni yo sé cuál era, de esos típicos que dan los días domingos, de esos que a pocos le interesan.
Recordó todo lo que había acontecido en su mente, todo aquél dolor, todo ese sufrimiento y sentimiento de solamente estar consigo mismo, el vacío que sentía en esos instantes... Y la ausencia importante, de ella.
Fue cuando la angustia se apoderó de él.
Corrió escaleras abajo, con los ojos alborotados, a punto de colapsar. Recordó que esa pelea que tuvieron, lo dejó en un estado de impacto, nunca habían peleado así. No hubo golpes de ninguna parte, ambos se aman, pero las palabras no dejaban de dar vueltas en su cabeza. 
Fue cuando llegó a la cocina, y ella no estaba. Se desesperó. Cayó rendido en el suelo, dejando nuevamente la mente en blanco
Y comenzó a llover.
Por la ventana se observaba, como el tendedero de la ropa, se movió apenas comenzó la lluvia, y las prendas tendidas fueron arrancadas de él. 
Estaba afuera, sacando su ropa del trabajo, mañana tenía que levantarse temprano. 
Se levantó con una fuerza tremenda, y corrió hasta la puerta que daba al patio. Y ahí la vio, estaba de espaldas, con esos jeans oscuros, unos botines cafés, un chaleco blanco hasta el cuello, y su pelo ondulado tomado en una cola, en la cuál sus pocos rizos podían notarse. Se acercó a ella, le quitó de las manos el canasto donde colocaba la ropa, lo dejó en una mesita que estaba al lado, le tomó su rostro con ambas manos, vio sus ojos, y notó que había estado llorando. Tenía la leve impresión de que su cara parecía un libro, lleno de experiencias, de pensamientos y sentimientos que tenía que leer.
Luego de mirarla tanto, con un tono de voz grave pero delicado, le dijo:

- Te amo. Perdona por el mal momento." -
Y la besó.


Despertó. Esta vez, ella estaba al lado de él, dormía plácidamente, con un rostro tranquilo y aparentemente feliz. 
Mientras él la observaba despertar, sonreía.

- "Buenos días, mi vida." - Dijo ella, con esa voz tan cálida y de recién despertando. 
- "Buenos días, mi amor." - Dijo él,  mientras que la felicidad lo invadía, porque todo lo transcurrido, fue sólo un espejismo. 


Sólo una pesadilla.